miércoles, 6 de junio de 2012

CALLE ARRIBA POR EL MONTE FLORECE LA LUNA

CALLE ARRIBA POR EL MONTE FLORECE LA LUNA, ella riega de destellos la avenida hasta donde ésta se quiebra y la mirada ya no puede acompañarla  más allá de la tapia que llena de sombras el resquicio del camino. Antes de perderse monte abajo, la contemplo y ella se detiene como si supiera que unos ojos la miran. O quizá es ella quien me mira y yo simplemente me acomodo a su mirada, creyendo que en el juego de la luna yo llevo la zaranda.
Me provoca como guardar su imagen en alguna parte para luego mirarla sin que ella me mire, pero tengo las manos vacías y no hay manera de que ese momento se concentre en algún otro lugar que no sea mi pecho, porque ni en el recuerdo donde guardamos las imágenes de cada día se mantendrá a salvo de los olvidos cotidianos.
No sé qué hacer con estas ansias de poseer la belleza que la embarga, siempre ha sido así, cuando la miro le digo lo que una vez me enseñaron para piropearla y gozar de sus favores; “luna quien te hizo a ti hermosa que me haga a mi dichosa” se lo susurro muy quedo, pero tratando de que sólo ella me oiga, creo que lo hace y se sonríe de lado, para no decir de reojo, con la intensión de que yo no esté seguro de si me oyó o no?, pero yo presumo que ella me escucha y que me complace suavemente.
 A veces ella da brinquitos o se ladea para buscar caricias entre las chamizas del monte, mientras tanto yo apenas perturbo su manganzonería.
Doy la vuelta y quedo de espaldas al lugar donde ella está detenida, suspendida, no oigo nada, una ráfaga de viento de abajo sopla y entonces comprendo que debo dar marcha hacia el descanso.