viernes, 12 de octubre de 2012

De todos los recuerdos...

I


Las mareas se mueven a lo largo de un mar inmenso y a veces tarda en traernos la resaca de nuestra historia. Pero más tarde o más temprano los bagazos del pasado como naufragios, como fantasmagorías se depositan en nuestras orillas,  envolviéndonos en brumas nebulosas, cálidas o frías, densas o apenas sutiles,  bruma al fin que recorre todas las estancias de la memoria y se detiene justo en aquellas que vuelven a tener un palpitar, un respiro y produce en el fondo las mismas sensaciones de allende los mares, de entonces, y los efluvios emanan, suspendidos en un no sé qué del pasado.
 Conciertos, desaciertos, aciertos toda la historia se revuelve, a veces se resuelve, como rompecabezas queremos armarla, rearmarla más bien, pero faltan datos, detalles, imágenes, recuerdos que pertenecen a otros, sensaciones de otros, imaginario de otros, apreciaciones, confusiones  o certezas vividas por el otro o los otros del recuerdo.
Lo importante es saber que sí es posible amar los recuerdos, pues a fin de cuentas son lo que fuimos y somos. Envueltos entre páginas de algún libro, en sencillas cajas, en fantásticos cofres, en hojas sueltas, estos recuerdos son destellos de luz, de una luz que ha de alumbrar por siempre en esa memoria.
 Recuerdos que son historia del tiempo pasado, pero que se renuevan en un fragmento del prototiempo, en una partícula que se menea armónica  para hacerse presente y seguir construyéndose en un bagazo del mar, en un naufragio, aún con el poder de navegar mares ignotos, mares conocidos y desconocidos, bruma capaz de centellear en la más perfecta tranquilidad de la noche, en la más perfecta tranquilidad de la calma, capaces de hacer visible lo invisible, capaz de renovar la vida en la reconfortación del espíritu aventurero, capaz de desatar por un momento de haz lumínico la excitación por lo vivido y  los    tiempos idos.
Gracias por los recuerdos…   



miércoles, 6 de junio de 2012

CALLE ARRIBA POR EL MONTE FLORECE LA LUNA

CALLE ARRIBA POR EL MONTE FLORECE LA LUNA, ella riega de destellos la avenida hasta donde ésta se quiebra y la mirada ya no puede acompañarla  más allá de la tapia que llena de sombras el resquicio del camino. Antes de perderse monte abajo, la contemplo y ella se detiene como si supiera que unos ojos la miran. O quizá es ella quien me mira y yo simplemente me acomodo a su mirada, creyendo que en el juego de la luna yo llevo la zaranda.
Me provoca como guardar su imagen en alguna parte para luego mirarla sin que ella me mire, pero tengo las manos vacías y no hay manera de que ese momento se concentre en algún otro lugar que no sea mi pecho, porque ni en el recuerdo donde guardamos las imágenes de cada día se mantendrá a salvo de los olvidos cotidianos.
No sé qué hacer con estas ansias de poseer la belleza que la embarga, siempre ha sido así, cuando la miro le digo lo que una vez me enseñaron para piropearla y gozar de sus favores; “luna quien te hizo a ti hermosa que me haga a mi dichosa” se lo susurro muy quedo, pero tratando de que sólo ella me oiga, creo que lo hace y se sonríe de lado, para no decir de reojo, con la intensión de que yo no esté seguro de si me oyó o no?, pero yo presumo que ella me escucha y que me complace suavemente.
 A veces ella da brinquitos o se ladea para buscar caricias entre las chamizas del monte, mientras tanto yo apenas perturbo su manganzonería.
Doy la vuelta y quedo de espaldas al lugar donde ella está detenida, suspendida, no oigo nada, una ráfaga de viento de abajo sopla y entonces comprendo que debo dar marcha hacia el descanso.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Otra vez.

De carrizos y estertores
Esta lleno el cuerpo
Muerto en la amplitud
De la luna sombría
Solo esperando
Un ventarrón del norte
Que haga flotar
Su emanación y aroma.