I
Las mareas se mueven a lo largo de un mar inmenso y a veces tarda en traernos la resaca de nuestra historia. Pero más tarde o más temprano los bagazos del pasado como naufragios, como fantasmagorías se depositan en nuestras orillas, envolviéndonos en brumas nebulosas, cálidas o frías, densas o apenas sutiles, bruma al fin que recorre todas las estancias de la memoria y se detiene justo en aquellas que vuelven a tener un palpitar, un respiro y produce en el fondo las mismas sensaciones de allende los mares, de entonces, y los efluvios emanan, suspendidos en un no sé qué del pasado.
Conciertos, desaciertos, aciertos toda la historia se revuelve, a veces se resuelve, como rompecabezas queremos armarla, rearmarla más bien, pero faltan datos, detalles, imágenes, recuerdos que pertenecen a otros, sensaciones de otros, imaginario de otros, apreciaciones, confusiones o certezas vividas por el otro o los otros del recuerdo.
Lo importante es saber que sí es posible amar los recuerdos, pues a fin de cuentas son lo que fuimos y somos. Envueltos entre páginas de algún libro, en sencillas cajas, en fantásticos cofres, en hojas sueltas, estos recuerdos son destellos de luz, de una luz que ha de alumbrar por siempre en esa memoria.
Recuerdos que son historia del tiempo pasado, pero que se renuevan en un fragmento del prototiempo, en una partícula que se menea armónica para hacerse presente y seguir construyéndose en un bagazo del mar, en un naufragio, aún con el poder de navegar mares ignotos, mares conocidos y desconocidos, bruma capaz de centellear en la más perfecta tranquilidad de la noche, en la más perfecta tranquilidad de la calma, capaces de hacer visible lo invisible, capaz de renovar la vida en la reconfortación del espíritu aventurero, capaz de desatar por un momento de haz lumínico la excitación por lo vivido y los tiempos idos.
Gracias por los recuerdos…
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